Bailar mal, muy bien

Considero el baile como el arte más democrático que existe. Cualquier persona, a cualquier edad y en cualquier lugar puede atreverse a dar forma a la música de turno con el meneo de su cuerpo. Democrático, también, porque es el público, los fulanos que tengas al lado, quienes deciden si gozas de talento o firmas el mayor de los ridículos.

Unos dicen que el baile brota del corazón y es la expresión de unos sentimientos tan profundos y complejos que resultan indescriptibles por medio de simples palabras. Otros opinan que el cerebro es la clave, el auténtico campamento base desde el que parten las órdenes al resto del cuerpo para sincronizarse con el ritmo, por lo que, a mayor capacidad gris, mejor danza. También están los que afirman que el secreto está en las caderas, no las de la gente en general, sino en las suyas. El flow, el gracejo, el suaj… En definitiva, se nace, no se hace, y no trates de imitarme porque mira cómo lo muevo.

Esa noche, después de tres coñacs, el veterano aristócrata estuvo a punto de llamarme hijo y darme un abrazo. No lo hizo.

A mí me gusta bailar. ¿Bailo mal? ¿Bailo bien? Bailo. ¿El qué? Lo que me suene, lo que me guste en cada momento, lo que me haga feliz. Me descubre nuevos mundos. Puedo tropezar, pero a cada traspiés me llevo una experiencia inolvidable.

Por ejemplo, cuando escucho algo de fox me acuerdo de Lilly. El slow fox, claro. Tranquilo, elegante y muy suave, como ella. Tuve que aprenderlo para que su padre, el viejo marqués, me mirara casi con buenos ojos en una de las fiestas que organizó en su palacete familiar. Lo bailábamos sin apenas despegar los pies del suelo, como si patináramos. A ella le gustaba verme y que me vieran de esmoquin. Dicen que tener un piano no te vuelve pianista, pero el esmoquin, ¡ay el esmoquin! Esa noche, después de tres coñacs, el veterano aristócrata estuvo a punto de llamarme hijo y darme un abrazo. No lo hizo.

Una hora después, el que llevaba tres coñacs, ginebras y licores con nombre de terrateniente de cuarta generación, era yo. Me encontraba tan seguro de mí mismo que, al salir del baño, imaginé lo genial que sería acercarme sigiloso a Lilly, darle la vuelta por la cintura y besarla delante de los invitados. Un joven que no solo baila y viste bien, sino que mezcla con maestría atrevimiento y picardía. Hubiera sido perfecto de no ser por el enorme parecido del vestido de mi ex con el de su madre. La música paró al instante, escuché un par de copas romperse contra el suelo y silencio, eternos segundos de silencio. Al separar mis labios de los de mamá Lilly vi pasar mi vida reflejada en sus ojos y mi muerte en los del que casi fue mi padre. Me sorprende la velocidad que alcanzaron mis piernas cuando salté por una ventana perseguido por tanto noble. Lo que empezó siendo slow fox terminó con algo parecido a una veloz caza del zorro.

La siguiente lección de baile la aprendí en Portugal el verano que me propuse descubrir el país de arriba a abajo. Unas vacaciones para enamorarme de su sorprendente gastronomía y maravillosas playas kitesurfeables. Acabé enamorado, sí, pero de Andreza, una angoleña albina que resultó ser la anfitriona del Airbnb. Era mi primer día en la capital lusa y me comentó que esa misma noche iría a una festa kizombera. La fiesta y su voz sonaban tan bien que… vamos dançar esta noite!
Fui a explorar un país y acabé conquistado por un baile convertido en mujer. Vaya manera de moverse, ¡vaya manera de moverme! Andreza me enseñó todos sus ritmos. Su piel blanca y corazón negro me descubrieron la kizomba que vivía en mí, aunque antes no supiera ni que existía. Fueron dos semanas inolvidables de no parar de bailar. Y no, no viajé más allá de Lisboa.

Bailar bien o bailar mal. ¿Qué más da? Para mí lo importante es aprender, disfrutar y no tener miedo a lo que pueda pasar. Por eso, si alguien me pregunta cómo bailo, bailo mal muy bien.

El shuffle, en cambio, sí que lo conocía de antemano. Es más, sigo varios # de este baile tan instagrameable. Odio la palabra cool, entra dentro de ese saco de términos como friki o movida que la gente utiliza como coletilla para todo y acaba significando nada; pero es que el shuffle es lo más cool que te puedes echar a los pies.

Gijsvert es un amigo holandés que conocí cuando hacía su erasmus en España. Moreno, ojos carbón, no muy alto… el típico holandés. Y divertido como el que más. Aprobar, aprobó pocas; lo que sí probó fueron muchos bares y discotecas. En el poco tiempo que se dejó caer por la universidad se convirtió en el Rastreator que nos informaba de las mejores fiestas.

Pues bien, hace poco, Gijs me escribió para contarme que se encontraba en Eindhoven. Por mensajes parecía otro. Trabaja en el negocio familiar y se había echado novia, esta sí que síEspera, ¿no es en Eindhoven donde iban a celebrar el Daydream Festival? Gijs, amigo, creo que te mereces una visita.

Él accedió a acompañarme siempre y cuando fuéramos al cumpleaños de su novia justo después del dj set de Claptone. Lo que iba a ser un tocamos y nos vamos se convirtió en el mejor festival en el que he estado. Por supuesto no llegó al cumpleaños. Teníamos bien armada la excusa de una gastroenteritis y mi ingreso en un hospital cualquiera cuando la ya ex le envió cierto vídeo que alguien acababa de colgar en Youtube. Gijs y yo de madrugada en un épico duelo de bailes entre aplausos y griterío de espontáneos. Viéndolo de día, eso era el antishuffle. Parecíamos los dobles de Gianluca Vacchi bailando con gracia en su yate, pero sin ser Gianluca, sin yate y muy alejados de lo que podría considerarse un baile. Desde mi regreso de los Países Bajos, Gijs vuelve a estar soltero. Al menos, visto ahora, gracia tiene.

Bailar bien o bailar mal. ¿Qué más da? Para mí lo importante es aprender, disfrutar y no tener miedo a lo que pueda pasar. Por eso, si alguien me pregunta cómo bailo, bailo mal muy bien.

Gracias de corazón: «El Mansolutely» @paololukanoe «Lilly» @beatrizsaiz 📸 @danipaperboat 🎥 @gr1t0

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