Descubriendo a Barbanegra

No es un Starbucks. A día de hoy, el contrato de móvil me provee de gigas ilimitados. Tampoco un Tim Hortons; os aseguro que ir con los míos a charlar sobre la vida interpretando art-latte no está en mi top 3. Me encuentro en una cafetería de las de siempre, que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y posicionar, una vez más, las barritas con tomate como el nuevo hype.

Vengo aquí por el café, muy amargo, casi áspero, con más matices que un Hakushu Single Malt y que tanto disfruto cuando funde las rocas de mi vaso.

Vengo aquí, porque al fondo siempre encuentro un lugar favorito, y porque en el fondo, disfruto observando a los clientes que entran, piden y vuelven a sus vidas reales después de regalarme una historia de fantasía.

Un detalle en su outfit, un gesto, estevia en vez de sacarina, leche entera y no de soja… Cualquier detalle me sirve para inventarles una aventura llena de cafeína que jamás escucharán y seguirá viva hasta que la olvide al rato.

Ya no es hora de desayunos y ante mis ojos han pasado la recién estrenada viuda alegre que juega al bingo online porque cree que sigue en racha, el tipo con peinado raro que fue a Turquía a ponerse pelo y se lo tomaron, pero al que un banner de Cristiano Ronaldo le ha devuelto la ilusión, y la chica pegada al móvil que dice a su novio, una y otra vez, lo mucho que le quiere, señal inequívoca de que la chispa no prende.

Al salir por la puerta, me choco con un adolescente que me mira de arriba abajo ensimismado. “¡Aparta grumete, tengo que zarpar!”, le digo mientras levanto las velas en busca del pirata.

A punto de cerrar carpeta y recopilar cuentos llega ÉL. Su gran dentadura asoma entre el bosque oscuro de una salvaje barbaza. La camarera no puede resistirse y le devuelve el gesto mientras se acaricia un largo mechón de pelo degradado, de azul a verde. Double Crazy Color, así lo llaman en su pelu. La camiseta a rayas de ÉL, bajo una blazer de verano, me hacen dudar. ¿Estoy ante un pirata o un capitán de yate? La pequeña calavera estilo mejicano tatuada en su muñeca me dice una cosa, pero el anillo que abraza con gusto su dedo, es de gusto refinado.

No soy el único que se ha dado cuenta. A dos metros, un señor de medio siglo le mira con descaro; en sus ojos nace la envidia de no llevar navegados tantos mares como los del bribón que tiene hipnotizada a la doncella del pelo coloreado. ¿Qué habrá pedido? Seguramente un café con sal, o que le rellenen la petaca con ron premium y nuez moscada en polvo. Sin mirar atrás, como los que son leyenda, abandona la posada con la rapidez de una turbonada. El local queda en calma chicha. ¿Quién es ese corsario efímero? Tengo que descubrirlo.

Nunca he seguido a nadie por la calle, pero creo que será divertido probar mi capacidad detectivesca y saber un poco más de este Jack Sparrow.

Corro a la barra para saldar mis cuentas cafeteras, pero la camarera sigue mirando el rastro del héroe que vino del mar y me hace perder unos segundos. Pese a ser rufianes y peligrosos, estos diablos siguen siendo ídolos de soñadores y enamoradizas.

Al salir por la puerta, me choco con un adolescente que me mira de arriba abajo ensimismado. “¡Aparta grumete, tengo que zarpar!”, le digo mientras levanto las velas en busca del pirata.

¿A dónde se dirigirá con ese ritmo tan decidido? Seguro que está contando 100 pasos al frente, 40 a la derecha y, al llegar al cruce del diablo, desenterrar el tesoro. Extremaré precauciones. No puedo permitir que me descubra, porque sinceramente, ¿qué le diría? “Hola, verás, es que me gusta imaginar historias y tu estilo me ha llamado la atención, así que me he puesto a seguirte para abordarte y que me hables del mar, marinero”. Demasiado arriesgado, sería jugármela y no quiero acabar en la tabla de los tiburones.

Cualquiera que me viera pensaría que estoy loco por acechar sigiloso a un tipo en la ciudad; yo mismo lo pensaría, pero esto es diferente. No le persigo a él, persigo su historia, mi historia maravillosa y genial que escribir en unas futuras memorias prestadas de gente interesante.

No llevo ni una legua y ya llevo la lengua fuera, me cuesta seguirle el rastro. A cada paso parece avanzar más que yo; es como si el mar de cemento se abriera ante él. Tengo que hacer algo para no perderle. ¿Un silbido? Puede que así se despistara y acortaría unos metros, pero las supersticiones navales lo desaconsejan por ser un desafío al viento. Y porque a lo mejor paro sin querer un taxi.

Tumbado entre las ramas de mi improvisado colchón, miro al cielo un instante, suspiro y descubro con gusto que todos estamos llenos de historias esperando ser descubiertas. Solo hay que lanzarse.

¡Idea! Utilizaré un navío ligero. Ese Lime será perfecto. Las normas establecen la prohibición de manejar patinetes eléctricos por la acera, pero soy un rebelde y surfeo bien en asfalto. ¡Esto funciona! Adelanto a alguien por babor, a otro por estribor. “¡Loco!” me grita una señora, “¡Por usted!” respondo, tirando un beso.

Decido remar con el pie para darle un extra al motor de mi embarcación metálica y por fin vuelvo a estar cerca de ÉL. De repente, mi presa se para antes de girar la esquina y asoma la cabeza para observar al otro lado. ¿Qué trama? ¡Estaba siguiendo a alguien! Y el temerario era yo… ¡Ja! En breve daré por concluida la persecución. En cuanto pase por delante y descubra quién es la persona por la que este pirata bebe los mares, podré inventar un gran final para esta aventura. Descubriendo a Barbanegra, la titularé.

Hay momentos en los que te das cuenta que has tenido una mala idea. El último chupito de Jäger, ser sincero con tu expareja o no comprobar los frenos del patinete antes de seguir a alguien a toda velocidad, son solo unos ejemplos.

Al pasar por su lado, sin frenos y a lo loco, intento girar la cabeza para descubrir quién es su presa, pero la velocidad de mi artilugio infernal me lo impide y solo tengo un instante para decidir qué opción tomar: soltar el patín y seguir corriendo, dejando a este kraken eléctrico sin control; tirarme al suelo con máquina incluida y que el rozamiento de mis huesos contra el suelo frenen de manera naturalmente dolorosa; empotrarme contra el seto color verde poca esperanza que tengo delante.

Bebo cafés más negros que el diablo, invento historias sobre la gente sin pedir permiso, persigo piratas hasta descubrir sus secretos… Con esa carta de presentación, está claro: escojo ir de frente por la vida. El patín vuela por encima de mi cabeza y acabo atrapado en la frondosidad de los matorrales. Ha sido una caída digna. Solo han resultado heridos mi dignidad y yo. Espero que nadie haya grabado un boomerang.

Una mano tendida desde el cielo se ofrece para auxiliarme. “Perdona, es que te estaba siguiendo y he visto lo que has hecho. ¡Ha sido puto increíble! ¿Estás bien?”. El grumete pasmado con el que tropecé al salir de la cafetería estaba allí, cerrando el círculo de cazadores cazados.

Tumbado entre las ramas de mi improvisado colchón, miro al cielo un instante, suspiro y descubro con gusto que todos estamos llenos de historias esperando ser descubiertas. Solo hay que lanzarse.

Como dijo el poeta:


marinero… capitán…
no te asuste naufragar
que el tesoro que buscamos, capitán,
no está en el seno del puerto
sino en el fondo del mar.

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